En el ámbito de la lectura con frecuencia nos acosan diversos dilemas. Por ejemplo, qué libro leer a continuación al terminar uno que nos ha gustado especialmente. O, en caso de que tengamos establecido un determinado orden de títulos, si favorecer a uno que nos atrae más que el que correspondería según ese orden. O si prestar o no un libro a alguien...
Pero creo que el dilema más disyuntivo, el dilema más dilemático, es el que se nos plantea cuando un libro que estamos leyendo no termina de gustarnos.
Podría parecer un dilema sin sentido, un dilema que no debería ser tal. Porque si algo no nos gusta parece que lo más fácil es dejarlo de lado. Pero el caso es que para muchas personas no es tan fácil.
A mí me ocurrió eso durante mucho tiempo: una vez que empezaba a leer un libro era incapaz de dejarlo a medias, de abandonarlo antes de leerlo completo. Me decía a mí misma que quizá más adelante empezaría a disfrutarlo; que si lo dejaba podría perderme lo bueno que probablemente me aguardaba más adelante; que si no lo terminaba nunca sabría si me habría gustado o no. Y así seguía, dándole oportunidades al libro, página tras página. Entonces llegaba al final con la sensación de haber realizado una proeza, de haber escalado una cumbre, de haber podido con las dificultades... y de haber perdido lastimosamente un tiempo que podría haber dedicado a otro libro que me habría dado más satisfacciones.
Por supuesto ya aprendí la lección, y cuando un libro no me satisface le digo con cariño: "No eres tú, soy yo", y lo dejo sin ningún remordimiento. Es lo mejor para los dos.
Por eso, cuando alguien me dice que es incapaz de abandonar un libro que no le está gustando, que está leyendo como quien hace trabajos forzados, me acuerdo de aquellos tiempos en los que me ocurría lo mismo y pienso con satisfacción en cómo me liberé de esa especie de compromiso absurdo que establecía con los libros.
No hace mucho, en una reunión de amigos, alguien dijo que estaba leyendo un libro que le estaba costando un esfuerzo de voluntad, que estaba sufriendo de aburrimiento, que no veía la hora de terminarlo... Qué drama. Y otra persona dijo que esa imposición voluntaria de terminar los libros por más que nos aburran debe venir de aquellas lecturas obligatorias que todos hemos sufrido en alguna medida siendo estudiantes. Puede que sea así, pero la cuestión es que ya no tiene sentido seguir infligiéndonos esa penitencia.
Yo creo que leer de esa manera, por obligación, con sufrimiento, tomándole aversión al libro, va en contra del propio espíritu de la lectura, que debe ser, básicamente, un disfrute.
Y es que no todos los libros son para todos. El mismo que a unos nos aburre, nos cansa y nos agobia, a otros puede proporcionarles grandes momentos de solaz. Por eso no hay que mortificarse con lecturas que no nos deleitan, ni siquiera cuando se trate de un libro muy recomendado, o de esos clásicos que «hay que leer», de esos libros míticos, sacralizados pero que quizá no encajan con nosotros, con nuestros gustos, nuestro intereses o nuestras necesidades lectoras.
Y, por supuesto, a esos libros con los que ahora no nos llevamos bien podremos volver en otro momento, en otra etapa. Y quizá entonces sí encajemos el uno con el otro, porque ni los libros ni nosotros somos siempre los mismos.



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