miércoles, 7 de enero de 2026

Un dilema lector

En el ámbito de la lectura con frecuencia nos acosan diversos dilemas. Por ejemplo, qué libro leer a continuación al terminar uno que nos ha gustado especialmente. O, en caso de que tengamos establecido un determinado orden de títulos, si favorecer a uno que nos atrae más que el que correspondería según ese orden. O si prestar o no un libro a alguien...

Pero creo que el dilema más disyuntivo, el dilema más dilemático, es el que se nos plantea cuando un libro que estamos leyendo no termina de gustarnos.

Podría parecer un dilema sin sentido, un dilema que no debería ser tal. Porque si algo no nos gusta parece que lo más fácil es dejarlo de lado. Pero el caso es que para muchas personas no es tan fácil.

A mí me ocurrió eso durante mucho tiempo: una vez que empezaba a leer un libro era incapaz de dejarlo a medias, de abandonarlo antes de leerlo completo. Me decía a mí misma que quizá más adelante empezaría a disfrutarlo; que si lo dejaba podría perderme lo bueno que probablemente me aguardaba más adelante; que si no lo terminaba nunca sabría si me habría gustado o no. Y así seguía, dándole oportunidades al libro, página tras página. Entonces llegaba al final con la sensación de haber realizado una proeza, de haber escalado una cumbre, de haber podido con las dificultades... y de haber perdido lastimosamente un tiempo que podría haber dedicado a otro libro que me habría dado más satisfacciones.

Por supuesto ya aprendí la lección, y cuando un libro no me satisface le digo con cariño: "No eres tú, soy yo", y lo dejo sin ningún remordimiento. Es lo mejor para los dos.

Por eso, cuando alguien me dice que es incapaz de abandonar un libro que no le está gustando, que está leyendo como quien hace trabajos forzados, me acuerdo de aquellos tiempos en los que me ocurría lo mismo y pienso con satisfacción en cómo me liberé de esa especie de compromiso absurdo que establecía con los libros.

No hace mucho, en una reunión de amigos, alguien dijo que estaba leyendo un libro que le estaba costando un esfuerzo de voluntad, que estaba sufriendo de aburrimiento, que no veía la hora de terminarlo... Qué drama.   Y otra persona dijo que esa imposición voluntaria de terminar los libros por más que nos aburran debe venir de aquellas lecturas obligatorias que todos hemos sufrido en alguna medida siendo estudiantes. Puede que sea así, pero la cuestión es que ya no tiene sentido seguir infligiéndonos esa penitencia.

Yo creo que leer de esa manera, por obligación, con sufrimiento, tomándole aversión al libro, va en contra del propio espíritu de la lectura, que debe ser, básicamente, un disfrute.

Y es que no todos los libros son para todos. El mismo que a unos nos aburre, nos cansa y nos agobia, a otros puede proporcionarles grandes momentos de solaz. Por eso no hay que mortificarse con lecturas que no nos deleitan, ni siquiera cuando se trate de un libro muy recomendado, o de esos clásicos que «hay que leer», de esos libros míticos, sacralizados pero que quizá no encajan con nosotros, con nuestros gustos, nuestro intereses o nuestras necesidades lectoras.

Y, por supuesto, a esos libros con los que ahora no nos llevamos bien podremos volver en otro momento, en otra etapa. Y quizá entonces sí encajemos el uno con el otro, porque ni los libros ni nosotros somos siempre los mismos.

 



sábado, 3 de enero de 2026

Un niño bueno

Este relato se publicó originalmente en Juguetes del viento el 20 de diciembre de 2022

El último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, Anita volvió a casa un poco triste y bastante confusa. Cuando se tienen seis años, la confusión causa tristeza.

Su padre siempre sabía lo que había que hacer, pero no siempre estaba en casa. Pasaba mucho tiempo trabajando. Y su madre era la mejor del mundo dando abrazos y cuidándola cuando estaba enferma, pero no siempre entendía sus penas.

Así que muchas veces, cuando tenía algún sentimiento que la hacía sufrir, Anita buscaba refugio en su hermano. Era tres años mayor que ella, y por lo tanto un niño también,  pero a Anita nueve años le parecían muchos, y además su hermano sabía muchas cosas de tanto leer libros. Pero sobre todo la comprendía muy bien, y eso casi siempre era suficiente para que ella se sintiera mejor.

Aquel día Anita le contó a su hermano que unos niños mayores del colegio habían dicho que los regalos de Navidad los compraban los padres en las tiendas, que no los traía nadie de lugares mágicos ni nada de eso. Y que no había más que mirar en el armario de los padres para encontrar allí escondidos los regalos, esperando hasta el día de Reyes.

—Eso lo dicen cada vez que se acerca la Navidad, para fastidiar a los pequeños —le dijo el hermano con aire experto—. No les hagas caso, son muy tontos.

Por la noche, cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, la idea de los regalos escondidos en el armario de los padres no dejaba de rondar los pensamientos de Anita.  Estaba segura de que aquello no era verdad, pero no entendía por qué algunos niños querían engañar a los pequeños diciendo algo así.

¿Y si fuera verdad?, pensó de pronto. Y de manera difusa, indefinida como las sombras nocturnas de su habitación, su cerebro infantil le dijo que ningún niño podía ser capaz de pensar una mentira tan grande. Que si lo decían tenía que ser porque lo habían visto, porque habían visto los regalos en el armario de sus padres.

Esos pensamientos resultaron agotadores, y antes de terminarlos Anita se durmió. Pero a la mañana siguiente seguían en su cabeza, activos e imparables como duendes en su taller, cortando, cosiendo, pegando, dándoles forma a cosas que hasta entonces no existían.

Anita estaba atrapada. La tentación de mirar en el armario de sus padres no la dejó tranquila en todo el día. Quería seguir creyendo que allí no había regalos escondidos, pero  ya no podía creerlo sin más. Tenía que comprobarlo. Entonces habló otra vez con su hermano.

—No pienses más en eso, Anita. Es una tontería, de esas cosas que dicen los mayores para hacerse los chulitos.

—Pero entonces no importa que miremos, ¿no?

—Qué cabezota eres. Bueno, pues si quieres miramos, pero como nos pillen se van a enfadar.

La posibilidad de que los padres se enfadasen con ellos poco antes de Navidad preocupó mucho a Anita. Fuese quien fuese quien traía los regalos, había que portarse bien. Y espiar en el armario de los padres no era portarse bien.  Ahora tenía otra duda. No sabía si mirar o no, si resolver el misterio o quedarse con la incertidumbre. 

Después de merendar, la madre les dijo:

—Tengo que subir a la azotea a recoger la ropa. No tardo nada, ¿eh?, así que portaos bien.

Anita y su hermano se miraron como cómplices de un plan, y cuando la madre salió, el niño dijo:

—Venga, a ver si así te quedas tranquila. Yo abro el armario y tú vigila el pasillo, y en cuanto oigas que mamá abre la puerta nos vamos corriendo a mi cuarto.

El niño abrió una de las puertas correderas del armario mientras Anita, desde la entrada de la habitación, miraba hacia el pasillo como él le había dicho.

—Aquí no hay nada, Anita —dijo con alivio—. Sólo la ropa de papá y mamá.

Anita se volvió hacia el armario y señalando con un dedo dijo:

—¿Y ahí arriba?

El hermano levantó la mirada hacia el altillo del armario.

—Vale —dijo con tono de resignación—. Voy a ver si puedo. Tú sigue vigilando.

El niño se quitó las zapatillas y se subió a la butaca que usaba su padre para descalzarse, y desde la butaca se subió a la cómoda.

Anita estaba muy nerviosa, casi le temblaban las piernas. Su hermano podía caerse y hacerse mucho daño. Y si su madre volvía en ese momento los descubriría sin remedio. Y además estaban a punto de saber la verdad.

De pie en el extremo del mueble y estirando el brazo todo lo posible, el hermano de Anita consiguió alcanzar la puerta superior del armario y deslizarla lo suficiente para mirar dentro.  Entonces, en el misterioso silencio de aquella cueva secreta, el niño vio una colcha metida en una funda transparente, un ventilador y una sombrilla de playa. Y también  unas cajas envueltas con papel de colores y lazos rojos, y varias bolsas abultadas, con dibujos navideños y el nombre de una juguetería.  

—¿Están ahí? ¿Hay regalos? —le preguntó Anita, inquieta como un gorrioncillo.

—Qué va, Anita. Aquí sólo hay unas mantas y cosas viejas —respondió el hermano, al tiempo que cerraba aquella puerta de los secretos.

A continuación bajó de la cómoda a la butaca y se puso de nuevo las zapatillas. Anita lo miraba como a un héroe,  y después los dos salieron del cuarto de sus padres. En ese momento se abrió la puerta de la calle.

—Niños, ya estoy aquí —dijo la madre—. Habéis sido buenos, ¿verdad?


domingo, 7 de diciembre de 2025

Invitados

Diciembre es un mes de recuentos, de proyectos, de ilusión, de alegría y de esperanzas para el año nuevo que se acerca, pero también de recuerdos y de nostalgia. Son días en los que nos volcamos hacia fuera, hacia la vida social, las relaciones, los contactos, pero también nos volvemos hacia dentro, hacia nosotros mismos, y parece inevitable la reflexión, el balance del año transcurrido, de lo logrado y lo que quedó atrás.

Y por eso, por ser época de meditación, de planteamientos, solemos traer aquí una pequeña colección de ideas, de pensamientos, que quizá nos ayuden a ver algunas cosas de otra manera, con una perspectiva diferente de la habitual y siempre con el refrendo de quienes han demostrado su sabiduría y su pericia para analizar la vida, el mundo y al ser humano. Así  que en esta ocasión, como en años anteriores, han venido a dejarnos sus palabras unos buenos amigos que nos hablan precisamente de eso: de la vida, de su sentido y de nosotros.


En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos  fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.

Paul Auster. La habitación cerrada ( 1986)

 

Esta idea, que puede parecer negativa, quizá pueda verse también como un alivio, porque, si la adoptamos, nos libera de esa necesidad tan humana de búsqueda de sentido, de ese impulso que puede conducirnos no a la respuesta que buscamos sino a la frustración por no encontrarla.  

Por eso, quizá sea conveniente en ocasiones dejarse llevar por la propia vida, aceptar sus vaivenes y sus contradicciones, y que, por lo tanto,  la felicidad siempre está entrelazada con las penas, por lo que nos conviene darle a cada momento bueno, por pequeño que sea, el gran valor que tiene:   


El que es feliz no puede ponerse a cargo de los felices; está en la naturaleza humana exigir más de uno mismo y de los demás cuanto más se haya recibido. Sólo el infeliz, cuando se recobra, sabe cultivar para sí y para los demás el sentimiento de que un bien mediocre debe ser disfrutado con entusiasmo.

                                                                              J. W. von Goethe. Las afinidades electivas (1809)


Esa felicidad que tanto eleváis está, pues, mezclada con mil penas, o, para hablar más exactamente, no es sino un tejido de desgracias a través de las cuales tendemos a la felicidad.

Abate Prevost. Manon Lescaut (1733) 


También es cierto que casi siempre la felicidad, la alegría, nos la proporciona lo más sencillo: una charla agradable, un rato con alguien querido, un juego compartido con un niño, un libro...


Saqué el ejemplar, encuadernado en piel, de Los Hermanos Karamazov. Lo palpé, pasé las páginas, lo estreché en mis brazos, mi vida, mi alegría, mi sublime Dostoievski. Puede que lo hubiera traicionado en mis obras, pero no en mi devoción. Mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días.

 John Fante. La hermandad de la uva (1977)

 

Y, por supuesto, si miramos bien a nuestro alrededor, siempre podremos encontrar un sentido a nuestra existencia, y un motivo para sentirnos felices y en paz, aunque sea por momentos y a pesar de todo lo negativo que, inevitablemente, se cruza en nuestro camino. 


Lo único que tenemos que hacer es resistir y no preocuparnos. No se gana nada preocupándose. La mitad de las cosas por las que nos preocupamos no ocurren nunca.

Reginald Arkell. Retorno a Little Summerford (1953)


Nuestro mundo es muy bueno, a pesar de todas las evidencias en contra, y hay miles de personas haciendo miles de buenas acciones (tal vez millones) cada día.

Stephen King. Cuento de hadas (2023) 

***

Con mis mejores deseos para ustedes, queridos lectores, cuya compañía aquí es para mí un gran motivo de felicidad. 

¡Nos vemos en 2026!


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Los pasajes seleccionados corresponden a las siguientes ediciones: 

-Paul Auster. La habitación cerrada (Anagrama, 2008). Traducción de Maribel de Juan.

-J. W. von Goethe. Las afinidades electivas (Mondadori, 2007). Traducción de José María Valverde.

-Abate Prevost. Manon Lescaut (Cátedra, 1984). Traducción de Susana Cantero.

-John Fante. La hermandad de la uva (Anagrama, 2004).Traducción de Antonio Prometeo Moya.

-Reginald Arkell. Retorno a Little Summerford (Periférica, 2024). Traducción de Ángeles de los Santos.

-Stephen King. Fairy Tale (el fragmento es traducción propia).


domingo, 9 de noviembre de 2025

Palabras con carácter

Hay palabras que suenan como si fueran de seda, o transparentes, porque son suaves y cristalinas.  Otras en cambio parecen de esparto, porque resultan rugosas y resistentes, como hechas para durar mucho tiempo. Y otras que nos engañan, que suenan como a flor blanca y en cambio  llevan una ofensa en su corazón.

De las primeras he conocido últimamente a la resplandeciente fúlgido, que significa justamente eso, resplandeciente, brillante, luminoso. No en vano deriva de fulgor, que a su vez proviene de fulgere, que no es sino relampaguear, relucir o brillar. Es, sin duda, una palabra luminosa.

De morado terciopelo y brocado de oro, sobre el arnés fúlgido, lleva veste de ricas labores.

Romances históricos. Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, 1828.


De las otras, de las ásperas y duraderas, me ha salido al paso teúrgico, que es algo relativo a la teúrgia, un tipo de magia que practicaban los paganos de la antigüedad para comunicarse con sus dioses y «operar prodigios», como dice bellamente el diccionario de la RAE.

¿ Dónde hallar esta clave? ¿ La cábala, la magia, la teúrgia serán posibles?

Las ilusiones del doctor Faustino. Juan Valera, 1864

 

Y de las últimas, de esas engañosas que por fuera tienen pétalos y por dentro mala idea, me he tropezado con contumelia, que a pesar de su apariencia blanca y delicada es una injuria, una ofensa, un agravio, un ultraje.

Pero, según la opinión paterna, nosotros no debíamos «rebajarnos» a responder del mismo modo a la infame contumelia.

 Cuentos de tierra caliente. Dirma Pardo Carugati, 1999.

 

Lo que también me parece un agravio y una injusticia es que no exista en español un concepto que sí recogen los diccionarios ingleses, franceses y portugueses. Una palabra tan tremenda y con tanto carácter como es demonífugo.

Demonífugo, sí, del latín daemonium y fuge (que ahuyenta). Porque un demonífugo es aquella sustancia u objeto que hace huir a los demonios y que da protección contra los malos espíritus.

Es una lástima que no podamos encontrar esta palabra en textos escritos en lengua española, porque me parece un término muy práctico y de mucho provecho. Así que desde aquí yo propongo modestamente que la demos por existente y la usemos en cuanto tengamos ocasión.

Qué terrible ver a aquella pobre hija de vecino, tan bondadosa y trabajadora, tan fermosa y donosa como lo fuera su madre, convertida en ruin despojo por mor del diablo que ahora la habitaba. ¡Un demonífugo, por caridad!, clamaba su anciano padre, al tiempo que se mesaba los ralos cabellos blancos. 

Los infortunios del pueblo llano. Obra escrita por nadie en ninguna fecha.

 

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martes, 21 de octubre de 2025

Casi viuda

Divertimento otoñal

Aurelio Martín, sentado a la mesita de mármol de la cafetería donde desayunaba siempre, leyó el anuncio del periódico dos veces, primero con sorpresa y después con interés: «Señora casi viuda desea conocer caballero para compartir intereses...».

Es perfecta para mí, pensó Aurelio. Setenta años, o sea, joven, y con necesidad de compañía, como yo. Y sin pensarlo más sacó el teléfono móvil del bolsillo del chaquetón y marcó el número que figuraba en el anuncio.

Mientras sonaba el tono de llamada Aurelio pensó que tal vez no era el primero en llamar; que el anuncio podía llevar varios días publicándose, y temió haber perdido la ocasión. Entonces contestaron al otro lado de la línea:

—¿Diga?

—Sí, eh... buenos días... llamaba por el anuncio... eh... Me llamo Aurelio Ma...

—Ah, hola, Aurelio, muchas gracias por llamar. Yo me llamo Carmela.

—Encantado, Carmela —respondió Aurelio, pensando que la señora parecía simpática. Si además es guapita..., se dijo, haciéndose ilusiones.

—¿Qué edad tienes, Aurelio? —preguntó Carmela con desparpajo.

—Tengo setenta.

—Ay, estupendo. ¿Cuándo podríamos vernos?

Y un tanto sorprendido por esa pregunta tan directa, pero también halagado por el interés de la mujer, Aurelio respondió:

—Pues... cuando usted quiera.

—Nada de usted, hombre. Vamos a tutearnos, ¿no?

—Sí, sí —respondió Aurelio—. Yo también lo prefiero.

—Vives aquí, ¿verdad? Porque si eres de fuera...

—No, sí, vivo aquí, de toda la vida.

Entonces Carmela le dio su dirección y lo invitó a que fuese a merendar esa misma tarde.

Aurelio pensó que Carmela era demasiado confiada, o que la pobre estaba muy sola y deseosa de compañía. Claro, se dijo, con el marido moribundo, en el hospital o en una residencia...

Por la tarde, a las cinco y media, como un clavo, estaba Aurelio llamando al timbre de Carmela.

La puerta se abrió casi al momento, y allí estaba Carmela, con un blusón de colores, su pelo rubio muy bien peinado y una gran sonrisa.

Sí que es guapita, pensó Aurelio, contento. A ver qué le parezco yo.

Aurelio también se había arreglado para la ocasión, con chaqueta y corbata, y una gorra inglesa gris con la que él se encontraba muy bien.

—Anda, qué buen mozo eres, Aurelio —dijo Carmela con su estilo llano—. Pasa, pasa, que tenemos mucho de qué hablar.

Carmela y Aurelio congeniaron divinamente. Tomaron café y un bizcocho de vainilla y nueces que hacía ella misma.

—Está de rechupete —dijo Aurelio, que ya se consideraba muy afortunado por haber encontrado a una mujer como Carmela.

Y entre unos temas y otros, cuando ya se había establecido entre ellos una agradable confianza, Aurelio le preguntó a Carmela sobre su situación personal, es decir, sobre su condición de «casi viuda».

—Es una situación muy triste, Aurelio, muy triste. Tres años lleva mi marido así, postrado en la cama, que ni siente ni padece, ni habla ni paula. Se pasa el día dormido, que yo creo que más que dormido está como atontolinado. Y hay que lavarlo, y cambiarlo de ropa... en fin, una cosa muy triste.

—Vaya, lo siento mucho. Debe ser muy duro para ti —dijo Aurelio, comprensivo.

—Y tanto que sí, Aurelio, y tanto que sí.

—¿Y vas a verlo todos los días?

Carmela hizo un gesto de extrañeza.

—A la residencia, me refiero —dijo Aurelio—. Me imagino que estará en un centro de mayores ¿no?

—No, no —dijo Carmela con contundencia—. Yo no puedo dejar a mi marido en manos de extraños. Mi marido está aquí.

—¿Aquí? ¿En la casa?

—Claro, en el dormitorio ¿dónde va estar? Ven, ven y te lo presento.

Aurelio se sintió muy incómodo. No tenía ninguna gana de ver al pobre hombre, y menos cuando él había ido a su casa con intención de intimar en lo posible con su mujer. Era una situación de lo más comprometida, así que le dijo a Carmela:

—Mira, creo que mejor me marcho. No me parece decoroso estar aquí, bajo el mismo techo que tu marido, ni creo que deba yo entrar en la intimidad de su dormitorio.

—Ay, Aurelio, qué fino eres, qué bien hablas —dijo Carmela con entusiasmo.

—Sí, bueno, pues... si quieres, ya nos veremos otro día. Pero en la calle, en una cafetería, ¿de acuerdo? Y luego, si quieres, vamos a cenar a algún sitio.

—Bueno, yo encantada, claro. Pero primero habrá que solucionar esto.

Entonces fue Aurelio quien se mostró extrañado.

—¿Qué hay que solucionar?

—Pues que mientras mi marido esté así, yo no puedo salir a pasar la tarde fuera, ni a cenar ni nada. No puedo dejarlo solo.

—Ah, claro, querrás contratar a alguien para que se quede con él y así tú puedas salir...

—Que no, Aurelio, que no es eso —dijo Carmela, que se daba cuenta de que Aurelio no había comprendido la situación—. A ver, ¿tú no me has llamado por el anuncio?

—Sí, claro, porque querías conocer a alguien...

—Eso, eso —interrumpió Carmela—. Alguien que comparta mis intereses. O sea, alguien que me ayude a solucionar este asunto.

—Pero entonces... —titubeó Aurelio—, ¿es que quieres que yo te ayude a buscar a alguien...?

—No, hombre, no. Lo que quiero es dejar de ser casi viuda y ser viuda de una vez. Viuda del todo... ¿comprendes?

Aurelio comprendió, así que se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.

—Tengo que marcharme ya, Carmela. Ya nos vemos otro día, ¿eh? —dijo por decir algo. Y abriendo la puerta del piso salió al rellano, y, sin entretenerse en esperar al ascensor, empezó a bajar las escaleras a toda prisa. Cuando iba por el segundo tramo oyó a Carmela, que desde arriba, asomada a la barandilla, le decía:

—Entonces, ¿vas a ayudarme, Aurelio? ¿Cuándo quedamos?

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Hipo-

El pasado mes de julio, en la entrada titulada Especulaciones especulares y sobre todo durante la indagación previa, la palabra hipótesis estuvo haciéndose notar con insistencia, lo cual es lógico, ya que especular e hipotetizar andan con frecuencia de la mano.

Esa insistencia llegó al punto de reclamar una entrada propia, sobre todo por parte  del prefijo hipo-. Y yo a esas cosas no me puedo resistir, ya lo saben ustedes.

El caso es que al pararme a pensar en la palabra hipótesis me pregunté con mucha intriga cuál sería su origen etimológico, ya que ese prefijo hipo-  me llevaba a pensar, por un lado, en palabras como hipopótamo, hipocampo o hipódromo, que tienen que ver con el caballo;  y por otro, en palabras como hipotermia o hipotensión, que tienen el sentido general de "por debajo". 

La intriga era en verdad grande, porque ¿qué relación extraña podía haber entre una suposición o teoría y un caballo? 

¿Y entre el concepto de suposición y el de "por debajo"?

Intrigante también. O quizá no tanto. Porque en realidad estamos tratando con dos hipo- diferentes, aunque parezcan lo mismo.

En efecto, el hipo- que significa caballo deriva del griego hippós, mientras que el hipo- que significa "por debajo de algo" o "en la base de algo" deriva de hypo.

Por eso el hipopótamo (hippo+potamós) es un caballo de río; el hipocampo (hippo+kámpe) es un caballo curvado, y el hipódromo (hippo+dromos) es un camino de caballos.

Y por su parte, la hipótesis (hypo, en la base+thesis, acción de poner) es literalmente la "acción de poner en la base". ¿Y qué es "poner en la base" sino suponer? Pues es exactamente lo mismo, pero de procedencia latina en vez de griega, ya que suponer viene  de sub, debajo, y ponere, poner.

Este hypo de la hipótesis es, claro está, es el que llevan también la hipotermia, la hipotensión, la aguja hipodérmica (o subcutánea), y hasta la hipoteca, que procede de hypotheke (hipo, debajo+theke, caja o depósito) y que originalmente tenía el sentido de "cosas depositadas" o "colocadas debajo".

Una vez aclarado el asunto de los dos hipo-, me asaltó otra duda: ¿Y el hipo como tal, es decir, el hipido o singulto? ¿Tendrá que ver con el hippo o con el hypo? La verdad es que resulta difícil imaginar que tenga que ver con alguno de los dos, y, efectivamente, no tiene que ver con ninguno. La palabra hipo, que denomina ese "movimiento convulsivo del diafragma" causado por comer mucho y rápido, por consumo de alcohol o de bebidas con gas, por estrés, y por otras razones variadas, es en realidad una voz imitativa, una onomatopeya del sonido que produce esa contracción del diafragma y que nos suena como "hip".

Así que ya ven ustedes, empezamos con espejos y hemos acabado con  hipo (espero que no en sentido literal). Y es que ya se sabe que los caminos del léxico, recorridos a caballo del diccionario, están llenos de recovecos y en cada uno nos aguarda una sorpresa.

 

 

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lunes, 25 de agosto de 2025

Pensamientos greguerescos (II)

 

El oso polar se abriga con un manto de nieve

*

Cuando bebe en el río la jirafa se vuelve araña

*

Los fuegos artificiales son supernovas de marca blanca

*

La aurora boreal es un arcoíris derretido

*

Las montañas llevan las faldas hasta los pies

*

Los árboles secos tienen mala sombra

*

El calendario tiene los días contados

*

El reloj de arena multiplica el tiempo por ocho

*

La nostalgia es el álbum de fotos de la felicidad

*

Somos tan poca cosa que nuestro currículum cabe en una lápida de mármol

*


National Geographic
Cuando bebe en el río la jirafa se vuelve araña


jueves, 17 de julio de 2025

Especulaciones especulares


Como me ocurre tantas veces, hace unos días se me alojó en el pensamiento una palabra que no me dejaba en paz, dando vueltas por ahí como una peonza, reclamando mi atención.

La palabra era especular y lo que me traía de cabeza era si habría alguna relación etimológica entre el adjetivo "especular" (es decir, relativo al espejo), y el verbo "especular" (con el sentido de divagar, conjeturar, hipotetizar, suponer...)

La lógica, o la intuición, me decían que no, que no podía haber ninguna relación entre esos dos términos. Si decimos,  por ejemplo, "el reflejo especular" y "dejemos de especular hasta tener datos  precisos", parece obvio que se trata de dos palabras iguales en su forma pero sin conexión alguna en cuanto al significado. Pensé, por lo tanto, que un especular y el otro debieron ser originalmente dos palabras distintas, como demostrarían sus significados tan diferentes,  y que la evolución había hecho que acabaran teniendo la misma forma. Ya sabemos que eso ocurre.

Pero el caso es que no quise limitarme a especular,  así que me puse a indagar en el asunto y me encontré con una de esas sorpresas que ya no deberían sorprenderme. Porque resulta que nuestro verbo "especular" deriva del latín speculari, que significaba observar o acechar, y que más tarde adquirió el significado de espiar, indagar, explorar. ¿Y qué es especular (teorizar, hipotetizar), sino explorar, indagar, tantear, no un terreno sino una idea, un concepto, una circunstancia?

Por otra parte, supe que este verbo, speculari, proviene a su vez del sustantivo specula, que es un puesto de observación, una atalaya. Y que ambas formas, speculari y specula, proceden a su vez del latín arcaico specere, que significa "mirar".

Y mira por dónde, de specere proviene también speculum, es decir, espejo.

Por lo tanto, y a pesar de mi incredulidad inicial, el verbo "especular" y el adjetivo "especular", que tantas vueltas dieron en mi cabeza,  tienen efectivamente un antepasado común (specere) y un significado común  (mirar, observar, examinar),  por más que con el tiempo hayan adquirido sentidos tan diferentes.

Lo bueno de estas indagaciones -o especulaciones- es que nos dejan la mente liberada de palabras recalcitrantes y contumaces que no se van mientras no queden dilucidadas. Y que nos hacen asentir con la cabeza lentamente como quien dice: "Fíjate, qué curioso", lo cual siempre es una gran satisfacción intelectual.

Y lo malo es que, como saben ustedes, una cosa lleva a otra y a otra y a otra..., en un no parar lexicográfico. Cosa que volvió a suceder en este caso, claro, pues por la ventana de la especulación se coló, cual mosquito celoso, la palabra hipótesis, que reclamaba también un poco de atención a cuenta de ese caprichoso prefijo hipo-.

Por supuesto, hice caso de esa exigencia, pero mis averiguaciones al respecto quedan para una próxima ocasión.


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lunes, 23 de junio de 2025

Más tontinglish

Hubo un tiempo en que, con cierta frecuencia, me encontraba en mis clases con personas que se resistían, con ahínco y contumacia, a aprender inglés, ni siquiera en un nivel básico.

Curiosamente, esas personas se matriculaban en cursos de inglés porque sabían que era conveniente para ampliar sus oportunidades laborales, pero al mismo tiempo se negaban a someterse, según decían, al "colonialismo", al "imperialismo" del inglés. Mantenían una actitud belicosa contra la lengua anglosajona, y decían que no estaban dispuestas a "ceder", a aprender un idioma que consideraban, a diferencia del español, feo, pobre, absurdo y, sobre todo, una imposición "de los americanos".  A esta actitud yo la denominaba mentalmente "patriotismo lingüístico", y la consideraba un error, una forma de autolimitarse, de negarse un beneficio, porque aprender idiomas es algo objetivamente bueno.

Lo curioso es que ahora, más o menos una década después, ocurre todo lo contrario del rechazo que mostraban aquellas personas. Se diría que hay una especie de veneración hacia la lengua inglesa,  hasta el punto de que en el mundo de la cultura y del ocio, en todos los ámbitos de la vida social, y en especial en los medios de comunicación, el inglés se cuela en nuestra lengua de manera constante, por no decir cargante y enojosa.

Ya en varias ocasiones hemos traído ejemplos, recogidos de los medios de comunicación, de lo que otras veces hemos llamado aquí "tontinglish", es decir,  esa invasión pedante del extranjerismo anglosajón,  ese uso innecesario y artificioso de la lengua inglesa, que produce en muchos casos expresiones amaneradas, rebuscadas, o directamente incomprensibles para muchos. Y hoy, a riesgo de resultar yo misma repetitiva y cansina, vengo con una nueva tanda de ejemplos.

Porque lo cierto es que la cosa no deja de sorprenderme, tal es el número y la variedad de palabras y expresiones inglesas que adornan el discurso de periodistas, presentadores, reporteros, tertulianos, políticos y casi cualquiera que se exprese públicamente.

Entre los ejemplos de esta ocasión, tenemos la siguiente frase que leí no hace mucho en algún sitio de internet: "En la newsletter les explicamos qué es la dieta veggie". 

Sin duda está muy bien que nos expliquen qué es eso de veggie, pero deberían empezar por explicar también que es la newsletter. O mejor aún sería que en vez de newsletter dijeran boletín, y en vez de veggie dijeran vegetariana. Aunque a lo mejor es que yo soy muy antigua, cosa que admitiría sin reparo.

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En otra ocasión oí a un dicharachero entrevistado que dijo: "En esos casos, lo que hago es un facepalm." 

Supongo que muchos televidentes que escucharan esa frase se quedaron sin saber qué es lo que hace ese señor en esos casos. Pero me imagino que el señor prefería no hacerse entender, y por eso dijo lo del facepalm, en vez de decir que se tapa la cara con sonrojo, abochornado, o algo similar.

La verdad es que yo misma sentí un poco de sonrojo -aunque no hice un facepalm- cuando oí a una meteoróloga que, comentando el tiempo que haría en los días siguientes, dijo que "las temperaturas seguirán en el mismo mood". Supongo que quería decir que las temperaturas seguirían iguales, o en la misma línea, pero para qué decirlo de forma sencilla pudiendo resultar pedante.

Lo mismo pensaría, supongo yo, la alegre reportera que hace unos días nos informaba de que el presidente del gobierno había modificado el timing de su agenda. Porque me imagino que decir sencillamente que había modificado la agenda es de antiguos como yo.

Y terminamos por hoy con el pasmoso caso de la tertuliana que, después de que otra dijera que "en España no hay un gobierno en la sombra", se apresuró a añadir: "Lo que es el clásico shadow cabinet".

Créanme si les digo que casi empiezo a echar de menos aquel "patriotismo lingüístico" que tanto me llamaba la atención en mi etapa docente.


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lunes, 26 de mayo de 2025

Qué sensación

Ya hemos hablado aquí en ocasiones anteriores sobre el dilema que a veces se nos plantea entre leer o releer, entre dedicar nuestro tiempo a libros que aún no hemos leído o a libros que querríamos volver a leer.

Lo cierto es que para mí ese dilema está dejando de serlo, porque cada vez me apetece más la relectura y a ella me estoy entregando sin resquemor.  

Es indudable que siempre cabe la posibilidad de que el libro elegido no nos guste más o ni siquiera igual que la primera vez. Es un riesgo inevitable. Y si por ese temor elegimos no releer, siempre nos quedará la duda, el desasosiego, el comecome de no saber cómo habría sido la experiencia.  En cambio, si elegimos leerlo y resulta que nos vuelve a gustar tanto como la primera vez, o incluso más, la sensación será, como mínimo, muy gratificante.

Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí en estos días con un libro en particular cuya la relectura era, además, especialmente arriesgada.  Porque el libro en cuestión es uno que leí hace mucho, mucho tiempo. En concreto cuando yo tenía doce años. 

Aunque quizá, ahora que lo pienso, lo arriesgado fue que leyera ese libro a esa edad, porque no se trata de un libro infantil ni mucho menos. El caso es que recuerdo muy bien la emoción que me produjo aquella lectura y cuánto la disfruté. Por eso seguramente no había vuelto a leerlo, por temor a romper el encantamiento de aquella primera lectura, cuyo recuerdo siempre me hecho sonreír con gratitud. Además éste fue el primer libro adulto que leí en mi vida, o al menos el primero que leí completo y con deleite, y eso, sin duda, se merece un respeto.   

amazon.comPor si tienen ustedes curiosidad, el libro al que me refiero es El misterio de Salem's Lot, la mítica novela de Stephen King. 

Como saben algunos de ustedes, desde aquella primera vez he seguido siendo lectora de King durante toda mi vida; he seguido su trayectoria literaria y conozco su evolución. Y yo, lógicamente, también he evolucionado como lectora, de modo que a pesar de mi confianza en el talento del autor, tenía cierto temor a que el libro y yo no volviéramos a conectar como conectamos entonces. Sin embargo, ahora puedo decir con satisfacción que la relectura ha sido un deleite, y me ha sorprendido muy gratamente que un libro que leí en la infancia tuviera tanto que decirme de adulta. ¡Qué sensación!

Porque, claro, en aquella lectura infantil me fascinó la historia en sí, la aventura, las peripecias de los personajes, mientras que ahora he llegado mucho más allá, y he sido capaz de apreciar los méritos literarios y técnicos de la obra y su profundidad simbólica y psicológica, además de establecer conexiones con obras posteriores de King, conexiones que antes, naturalmente, no estaba a mi alcance percibir.

Por otra parte, también me parece interesante el detalle de que el ejemplar que he leído ahora es el mismo que leí entonces, porque lo he conservado siempre: ha sobrevivido al tiempo, al polvo, a las mudanzas... Y esto le ha dado a la lectura una aún mayor dimensión emocional, y ha hecho que en todo momento yo haya tenido presente  a aquella lectora de doce años que leyó la novela por primera vez: la he visto en su habitación, con el libro, ese mismo libro,  entre las manos, pasando las páginas con emoción, descubriendo un mundo nuevo... Y como para completar la emotividad de este reencuentro literario, en algunas de las páginas he encontrado, con cierto temblor del corazón, la indecisa firma de esa niña, que quizá ya entonces quiso sentir que aquel libro era suyo, suyo y de nadie más.

Ya ven ustedes que esta relectura, tanto tiempo pospuesta por temor a la decepción,  ha resultado una experiencia muy especial, gratísima, y no solo en lo literario.

 

Imagen de la primera versión cinematográfica de la novela,
El misterio de Salem's Lot 
(Tobe Hooper,1979).


jueves, 1 de mayo de 2025

La impostora

Ya dije aquí, en alguna otra ocasión, que a veces me siento una impostora. Una impostora lingüística, concretamente. Esto me ocurre cuando utilizo frases hechas, proverbios o expresiones  cuyo significado literal no conozco en realidad. Conozco el sentido que tienen esas expresiones, claro, y sé cuándo utilizarlas; el problema es que hay en su composición alguna palabra cuyo significado literal, su significado independiente fuera de esa locución, ignoro.

Es lo que me pasaba, por ejemplo, con la palabra brete.  Yo decía, con toda precisión y seguridad, eso de "poner a alguien en un brete", o "estar en un brete", para referirme a un momento de dificultad, de apuro, a una situación conflictiva en la alguien no sabe bien cómo actuar o se ve incapacitado para actuar con autonomía. Pero no sabía que el brete, propiamente dicho, era un cepo para los pies, esos grilletes que impiden a los prisioneros moverse con libertad.

Aunque ya puse remedio en su momento a mi ignorancia respecto al brete y algunas otras palabras incluidas en este tipo de unidades léxicas, no dejan de aparecer a cada momento otras frases que, como decía antes, me hacen sentir como una impostora por utilizar palabras cuyo significado desconozco. Porque si alguien, en el momento en que pronuncio una de esas locuciones, me preguntara qué significa esa palabra concreta, me pondría en un brete, precisamente.

Es decir, no sabría cómo salir del atolladero. Vaya, aquí hay otra. Salir del atolladero. Está claro que esta frase significa resolver un problema, librarse de algún inconveniente o peligro, de algún conflicto o dilema. Pero ¿qué es específicamente un atolladero?

Pues literalmente un atolladero es un lugar donde se atascan los vehículos, los caballos o las personas, como por ejemplo un barrizal.  Porque atollar es lo mismo que encallar o tropezar, atascar o atrancarse. Es decir, quedarse inmovilizado, como si lo pusieran a uno en un brete, ni más ni menos.

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Y no es extraño que uno, sea persona, caballo o carreta, se vea atollado en un barrizal si previamente han caído chuzos de punta. Y ahí vamos otra vez. Obviamente,  decimos "caer chuzos de punta" para referirnos a que llueve  con fuerza. Pero nuevamente he de preguntarme, contrita, qué es un chuzo.

Y una vez más el diccionario acude en mi socorro para sacarme de ese atolladero: un chuzo es un palo acabado en un pincho, en una punta de hierro, que se utiliza como arma. Es decir, un chuzo es una lanza o una pica.

Cabría preguntarse aquí, consecuentemente, por qué cuando llueve mucho decimos que caen chuzos de punta y no que "caen lanzas (o picas) de punta". Pero eso sería meterse en otro atolladero y por hoy ya está bien  de eso.


Foto Ángeles de los Santos


miércoles, 23 de abril de 2025

No estaría mal

 Esta entrada se publicó originalmente en Juguetes del viento el 7 de septiembre de 2018. 


No estaría mal, de vez en cuando,  poder vivir en ese mundo en el que todo tiene sentido.

En el que no quedan cabos sueltos.

En el que lo malo existe con una finalidad, no sólo por un motivo.

En el que nadie muere para siempre, porque lo pasado y lo futuro existen al mismo tiempo.

En el que la vida es un arte.

En el que las personas no hablan por hablar, ni  actúan por mera inercia.

No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir la vida verosimil.

La que está hecha de palabras y pensamientos.

La coherente.

La que no defrauda.

La que sorprende pero no desconcierta.

La que emociona pero no abruma.

La que golpea pero no lastima.

La vida que a veces confunde pero nunca miente.

La que no busca ni espera nada, sólo ofrece.

No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir en los libros.


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